Lo que les digo cien veces y lo que me ven hacer
Tengo un rack de sentadillas en medio del salón. Con su barra, un banco de predicador al lado y una wall ball. Un gimnasio, vamos.
Algunos me llaman loco. Mis hijos no: me ven entrenar y se ponen a imitarme. Me pongo al sol un rato y se vienen conmigo. Para ellos es lo normal.
La verdura es otra historia. Y la dejo para el final, porque es la que me ha enseñado más.
Dos flexiones
Todo esto viene de un día que me puse a hacer flexiones y no pasé de dos.
Dos.
Por entonces quería que mi hijo comiera bien, y le estaba pidiendo algo que yo no hacía. Cuando nació el primero vi en qué me gustaría que se convirtiera, e intenté convertirme yo en eso. Desde entonces lo he ido cambiando casi todo.
Los zapatos, por ejemplo. Si quiero que vayan con calzado que deje moverse al pie, lo llevo yo. Y en las tiendas de ese calzado para niños hay una escena que no entiendo: padres eligiéndoles a sus hijos zapatos anchos y respetuosos, mientras ellos llevan unos en los que no les cabe el pie. Yo voy con mis huaraches.
La cuenta
Les he dicho cien veces que la verdura tiene vitaminas. Ni entera, ni en puré.
Con el azúcar voy algo mejor: les he contado que es «de panza». Funciona regular, para qué te voy a engañar.
Si llevo la cuenta, sale fatal para el discurso. De lo que les digo, se quedan con poco. De lo que me ven hacer, con mucho más.
Y no siempre con lo que yo querría.
La letra pequeña
Hay días en que me desespero y le regaño a uno gritando. Al rato, entre hermanos, los oigo hacer lo mismo.
¿Estarán cogiendo ese modelo?
En 1961, Albert Bandura y sus colegas llevaron a 72 niños de la guardería de Stanford a una sala de juegos. Mientras cada niño hacía pegatinas en un rincón, en la otra punta un adulto la tomaba con un muñeco hinchable: le daba con un mazo, lo lanzaba por el aire y le gritaba «¡dale en la nariz!». A nadie le pidieron que mirara.
Después les quitaron unos juguetes que les gustaban, para frustrarlos un poco. Como en casa después de una bronca. Y los dejaron a solas con otro muñeco.
Los que habían visto al adulto le pegaron mucho más que el resto. Con sus golpes. Con sus frases.
Les bastó con verlo diez minutos.
Así que cuando me veo en ellos gritando, intento no volver a hacerlo. Y cuando la lío, pido perdón y rectifico. Si no sé algo, no pasa nada: lo aprendemos. También eso lo ven.
Lo que todavía no sé
Te debía lo de la verdura.
Yo me la como delante de ellos. Ellos me ven. Y no la comen. Así que el ejemplo tampoco lo puede todo, o tarda más de lo que me gustaría. Espero que a los cuarenta la coman. A lo mejor no.
Me da más miedo que copien mis malos días que mis malas comidas. Hace años que tengo bien guardado a mi pasajero oscuro, el que pierde los nervios y el control. Me han ayudado la filosofía y la tranquilidad que me da mi mujer.
Aunque suene a cliché, me gustaría que se llevaran que merece la pena cultivar la cabeza y el cuerpo, y que las decisiones fáciles suelen salir caras.
Eso no se lo voy a poder explicar.
Como mucho, voy a poder enseñárselo. Por eso el rack sigue en medio del salón.
P.D. Lo de las decisiones fáciles lo dice el levantador de pesas Jerzy Gregorek en el podcast de Tim Ferriss de 2017: «decisiones difíciles, vida fácil; decisiones fáciles, vida difícil». No he encontrado dónde lo dijo por primera vez.
Dato · · 1961 · fuente
Conversa con esta idea
¿Qué ves repetido en tus hijos que nunca les dijiste que hicieran?
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