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filosofia

El día que elegí el camino fácil con mi propia vida

Observación propia

En 2019 me ofrecieron un trabajo que no quería.

Era una promoción interna. Más sueldo, más equipo, menos código. La conversación duró veinte minutos y la decisión venía dada antes de entrar. Mi jefe me lo presentó como reconocimiento. Mi mujer estaba embarazada del segundo. La hipoteca tenía catorce años por delante.

Dije que sí en la misma silla.

No lo pensé. No pedí el fin de semana. No abrí un documento con pros y contras. Asentí, sonreí, di las gracias.

Y aquí es donde empieza la parte que llevo cinco años sin contar.

Yo sabía dentro de mí que no era lo que quería. Lo sabía esa misma tarde en el coche de vuelta a casa. Lo sabía cuando le conté a mi mujer y ella me preguntó ¿estás contento? y yo dije contento es mucho decir, pero está bien. Lo sabía cuando bajé al supermercado a comprar pañales y me quedé tres minutos mirando una estantería sin saber qué había venido a buscar.

No fue cobardía. Fue algo peor. Fue elegancia. Una elección que se parecía tanto a la decisión que tocaba que ni yo mismo distinguí la diferencia hasta meses después.

Lo que pasó después no es heroico. Estuve cuatro años en ese puesto.

No fue infierno. Fue tibio. Y la tibieza, descubrí, hace más daño que el frío. Aprendí a hacer reuniones largas. Aprendí a redactar emails que no decían nada. Engordé seis kilos. Le cogí cariño a la gente del equipo. Me compré una bici que no usé. Hice bien mi trabajo y se me notaba que no estaba ahí.

Mi hijo mayor empezó el colegio durante esos años. Cuando le preguntaban a qué se dedicaba su papá, decía trabaja con el ordenador. Yo le corregía suave: soy ingeniero. Él volvía a decir trabaja con el ordenador. Tenía razón él.

La gente que cuenta historias como esta suele cerrar con el día en que salieron del puesto y empezaron algo grande. Yo no tengo ese día. Salí porque me echaron junto a la mitad del departamento en una reestructuración. No fue valor. Fue suerte ajena.

Lo que sí tengo es la cuenta del coste.

Cuatro años. Una hipoteca avanzada, sí. Y también: una versión de mí que ya no sé si era yo. Una relación con mi mujer atravesada por una conversación que no tuvimos a tiempo. Dos hijos que pasaron sus años buenos con un padre presente en cuerpo y ausente en algo que no sé nombrar. Un cuerpo más pesado. Una idea de mí mismo erosionada en un sitio que no se nota desde fuera.

No estoy contando esto para que se entienda como confesión purificadora. No me siento limpio escribiéndolo. Me siento tonto. Lo escribo porque sigo viendo cómo elijo cosas parecidas en escalas más pequeñas. La inercia no se cura con una anécdota. La inercia se cura, si se cura, dándole nombre a tiempo.

Lo más incómodo es esto: si me ofrecieran lo mismo hoy, con dos hijos más mayores y la cabeza supuestamente más clara, no estoy seguro de que dijera que no. Estaría más cerca. Pero seguro no.

Y tú.

Mira la decisión que tienes esta semana encima de la mesa. La que parece que ya está tomada porque tiene sentido. La que no piensas. La que asientes.

¿Qué versión de ti la está firmando por inercia?

P.D. No sé si esto cuenta como agencia o como su recuento al final del día. Hay días que no distingo bien las dos cosas.

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