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paternidad

El abuelo que no fuiste

Observación propia

Domingo por la noche. Nueve y cuarto.

Mi hijo, en pijama, me trae el libro y me pregunta si le leo otro capítulo. Hemos leído uno ya.

Yo estoy cansado. Mañana toca madrugar. Me apetece sentarme en el sofá veinte minutos, ver algo tonto y dormir.

Le digo uno más y a la cama.

Aquí dejo la escena. Vuelvo a ella al final.

Atención.

Hay un modelo mental que me cambió la forma de tomar decisiones pequeñas con mi hijo. Es feo de explicar pero es útil. Te lo cuento.

Te imaginas dentro de treinta años. Tienes setenta y pico. Tu hijo, que ahora tiene ocho, tiene cuarenta. Probablemente te ha hecho abuelo de alguien. Te queda menos cuerda de la que te quedaba esta tarde.

Y, en ese tú futuro, te miras a ti mismo esta noche, domingo a las nueve y cuarto, decidiendo si leer un capítulo más o no leerlo.

¿Qué te dice ese abuelo?

Yo te digo lo que me dijo el mío la primera vez que hice el ejercicio. Me dijo imbécil, lee el capítulo.

Y aquí no es por sentimentalismo. Es por aritmética.

Tu hijo tiene ocho años. Va a vivir contigo, en casa, todos los días, hasta que tenga unos dieciocho. Diez años, más o menos. Capítulos de cuento que te va a pedir en su vida, calculo a ojo, igual quedan setecientos.

Setecientos suena a mucho. No lo es. Cada vez que pone uno encima de la mesa, te quedan menos. Y en algún momento, que no vas a marcar en el calendario, te traerá el último. Y no lo sabrás. Y tampoco lo sabrá él. Solo a posteriori, cuando llevéis seis meses sin leer, te darás cuenta de que aquel domingo era el final.

Cuando ves la decisión así, deja de ser leo otro capítulo o veo veinte minutos de tele.

Pasa a ser uso uno de los setecientos capítulos que me quedan, ese que él va a recordar entero, o lo cambio por veinte minutos de un programa que no recordaré mañana.

Ya no es la misma decisión.

A este truco le llamo el abuelo. Es memento mori para padres, pero en versión amable. No te recuerda que vas a morir. Te recuerda que esta versión concreta de tu hijo, la de ahora, la de ocho años con pijama y libro en mano, va a morir en algún momento, sin avisar, sustituida por otra que ya no te pedirá leer.

La buena noticia del abuelo es que distingue lo urgente de lo importante mejor que cualquier app de productividad.

Hay decisiones de paternidad que parecen importantes y no lo son. Si tu hijo come una cucharada más o menos de espinacas esta noche, el abuelo de dentro de treinta años no se acuerda. Si llega cinco minutos tarde al colegio, el abuelo no se acuerda. Si esta semana no ha hecho los deberes de mates con la limpieza que tú querías, el abuelo no se acuerda.

Y hay decisiones que parecen pequeñas y son enormes. Leerle un cuento más cuando estás cansado. Sentarte en el suelo a montar el coche de Lego cuando hay platos en el fregadero. Apagar el partido cuando él te quiere enseñar el dibujo. Esas, el abuelo sí las recuerda. Una a una.

(No las recuerda porque sean épicas. Las recuerda porque la suma de quinientas decisiones así es lo que su hijo ahora adulto piensa cuando piensa en él.)

Hay un sesgo cabrón en la paternidad. Lo importante se siente igual de cotidiano que lo trivial. Una conversación de cinco minutos con tu hijo de ocho años en la que él te cuenta algo importante para él se parece, desde dentro, a cualquier otra conversación de cinco minutos. No suena dramática. No tiene música de fondo. Y, sin embargo, es una de las que el abuelo de dentro de treinta años se acuerda.

El abuelo es un buen detector de eso. Le preguntas, y te dice.

No funciona siempre. Hay noches que de verdad estás reventado y necesitas tu sofá y tu programa tonto. El abuelo no es un sargento. Es un consejero viejo que sabe cuándo ahorrar y cuándo gastar.

Pero la próxima vez que tu hijo te pida algo pequeño y tú estés a punto de decir ahora no, prueba a hacer la pausa. Pregúntale al abuelo. Espera dos segundos. Si te dice que sí, dile que sí.

Vuelvo al domingo a las nueve y cuarto. Mi hijo, libro en mano, mirándome.

Le leí dos capítulos más.

Me dormí media hora más tarde. Al día siguiente madrugué igual. Y ya no me acuerdo de qué iba a poner en la tele.

P.D. Lo urgente lo decide el cansado. Lo importante lo decide el abuelo. Cuando dudes, pásale el turno al abuelo.

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