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finanzas

Lo que no le enseñas en casa sobre dinero lo aprende del primer anuncio

Observación propia

Mi hijo lleva tres días pidiéndome un coche teledirigido.

No lo ha visto en una tienda. Lo ha visto en YouTube. Tres veces. Y a la tercera ya era suyo aunque no lo tenía.

La primera vez pidió. La segunda preguntó. La tercera dio por hecho que iba a llegar y empezó a hablar de dónde lo iba a guardar.

Tres impactos. Eso es todo lo que necesita el deseo para instalarse como certeza.

Y yo me quedé pensando una cosa incómoda. Si yo no estoy hablando con él de dinero, alguien le está hablando. El alguien es un algoritmo entrenado para que las cosas se sientan más necesarias de lo que son. Y el algoritmo le habla más horas al día que yo.

Aquí es donde vienen los planes. Las apps de educación financiera para niños. Los libros de “tu hijo millonario a los doce”. El kit de la hucha de tres compartimentos: ahorra, gasta, comparte.

Todo eso está bien. Pero todo eso es carpintería. Quiero contarte la otra mitad.

La otra mitad es lo que ven, no lo que les explicas.

Si me ven comprar por aburrimiento un domingo por la tarde, ese es el modelo. Si me ven cambiar de móvil cuando el viejo funciona perfectamente, ese es el modelo. Si oyen decir “es que me lo merezco” después de una semana de trabajo, ese es el modelo. Si la primera respuesta a un mal día es Amazon, ese es el modelo.

Yo puedo decirle que el dinero hay que cuidarlo. Pero si después tiro veinte euros en una app porque sí, lo que se queda con él no es la frase.

Aquí no hay sermón posible. Solo hay coherencia o no hay coherencia.

Y luego está el otro frente, el de fuera. Porque la coherencia en casa compite con un mercado de mil millones de euros invertidos en convencerle de que le falta algo. Tú no puedes ganar esa guerra. Pero puedes hacer una cosa que el anuncio no puede hacer.

Puedes nombrarla.

“Eso es un anuncio. Está hecho para que lo quieras.” “El YouTuber cobra por enseñártelo.” “El juguete dura tres días contento y luego se queda en una caja.” “Lo bueno de no comprarlo es que mañana ya no te acuerdas.”

No es censura. Es vacuna. Es enseñarle a ver el truco, no a negar la magia.

Volví al coche teledirigido. Le dije que sí me parecía guay. Le pregunté si se acordaba de cómo se llamaba el cochecito que pidió por su cumpleaños el año pasado. No se acordaba. Le pregunté dónde estaba. Tampoco.

Hicimos un trato raro. Si dentro de un mes seguía queriéndolo, lo comprábamos. Tenía que apuntar el día.

Han pasado dos semanas. El papel sigue en la nevera. Él ya no lo mira.

No le he enseñado a no querer cosas. Eso es imposible y tampoco es la idea. Le he enseñado a esperar a ver si él quiere la cosa o quiere lo que el anuncio le ha contado de él.

P.D. Al niño le educa quien le habla más. Decide si quieres ser tú o un algoritmo de quince segundos.

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