El otro día compré una mochila de cuarenta euros que no necesitaba.
La tenía en el carrito un par de días. Me convencí de que era un capricho razonable. Tampoco era para tanto.
Esa noche hice una cuenta tonta. Cuánto cobro por hora después de impuestos. Cuántas horas de mi vida había trabajado para esa mochila. Salieron unas tres horas y pico.
Tres horas. Una mañana entera de un sábado.
La devolví al día siguiente.
Hay una idea que llevaba treinta años escrita y que, sin embargo, en España casi nadie cita. La escribieron Vicki Robin y Joe Dominguez en Your Money or Your Life, en el 92. La frase es esta: “Money is something we choose to trade our life energy for.” Que se traduce mal porque la palabra clave no es dinero, es “energía vital”.
El dinero no es dinero. Es horas que ya no vuelven.
Cuando vas a comprar algo, lo que ves en la etiqueta es un número. Pero la unidad real del precio no son euros, es horas tuyas. Horas que ya están vendidas a otro a cambio de ese número. Y horas, además, sin contar el viaje al trabajo, el cansancio, la madrugada, la conversación que no tuviste con tu hijo porque estabas reventado.
El cálculo honesto es así. Coges tu sueldo neto mensual. Le restas todo lo que te cuesta tener ese sueldo: el transporte, la ropa de trabajo, las comidas fuera, la guardería extra porque trabajas tarde, las cervezas para descomprimir. Divides lo que queda entre las horas reales que el trabajo te ocupa, incluyendo las que dedicas a pensar en él fuera del trabajo. Sale un número incómodo.
Ese es tu precio por hora. Esa es la unidad con la que tienes que medir todo lo demás.
¿Cuántas horas vale ese móvil nuevo? ¿Cuántas el coche más grande? ¿Cuántas la suscripción que casi no usas?
Esto no va de dejar de comprar. Va de saber qué estás pagando en realidad.
Porque pasa una cosa interesante cuando empiezas a contar así. Algunas compras suben de precio. La cena con tu pareja, que pagas en una hora de trabajo, se vuelve baratísima. Otras se desploman. El bolso de quinientos euros, que son cuatro días de tu vida, parece otra cosa de golpe.
Y hay un sitio más donde duele especialmente esta cuenta. Cuando dices “es que me lo merezco” después de una semana mala. Eso es comprar consuelo en la misma moneda que te ha vaciado. Trabajas más horas para tener algo que palie las horas trabajadas. La pescadilla que se muerde la cola.
Gasta lo que quieras. Pero gasta sabiendo qué moneda estás usando.
Mi mochila eran tres horas. Por tres horas prefiero quedarme sin mochila y tener el sábado.
Por eso devolví la mochila. Y por eso este mes he comprado menos cosas que no echaré de menos.
P.D. ¿Cuántas horas de tu vida vale lo último que compraste y no usaste?