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salud

La fuerza con la que aprietas la mano dice más que tu colesterol

Dato

Mi abuelo abría todos los tarros.

El de las aceitunas, el de la mermelada, el de los pimientos en conserva que mi madre traía de Calahorra y que no había forma humana de abrir. Llegaba mi abuelo, lo cogía con una mano, le daba media vuelta seca, y dentro se oía el pop del vacío rompiéndose.

A los setenta y muchos seguía haciéndolo.

A los ochenta y dos un día se atascó. Pidió a mi padre que lo intentara. Mi padre lo abrió en el primer intento. Mi abuelo se quedó mirando el tarro con cara rara. A partir de ese día dejó de pedirlos.

Lo que yo no entendía entonces y entiendo ahora: ese tarro era un análisis clínico.

En 2015, Leong y colegas publicaron en The Lancet el estudio PURE, una cohorte prospectiva con casi 140.000 personas seguidas en diecisiete países. Lo que querían medir era esto: ¿qué predice mejor la mortalidad por cualquier causa, la presión sistólica o la fuerza con la que aprietas un dinamómetro de mano?

Ganó el dinamómetro.

Cada cinco kilos menos de fuerza de agarre se asociaron, en ese estudio, con un aumento del 16% en la mortalidad por cualquier causa, independientemente de edad, sexo, país, nivel de actividad, peso y otros factores conocidos. Meta-análisis posteriores publicados en 2024 con muestras aún mayores han confirmado la asociación con efectos del mismo orden.

Eso significa, traducido al castellano de bar, que la fuerza con la que aprietas la mano te dice más sobre cuánto te queda que el colesterol y que la tensión. No los sustituye. Los completa con información que no estabas midiendo.

¿Por qué la mano?

Porque es un proxy honesto del músculo del cuerpo entero. No se puede entrenar específicamente sin entrenar el resto. La mano fuerte es la mano de alguien que tiene espalda, piernas y centro fuertes. La mano débil es la mano de alguien al que se le está apagando todo el cuerpo a la vez aunque no se haya dado cuenta.

La fuerza de agarre se mide con un cacharro de veinte euros llamado dinamómetro. Lo tienes en cualquier tienda de fisioterapia. Aprietas tres veces con cada mano, te quedas con la mejor de las seis, lo apuntas. Una vez al año.

No hace falta wearable. No hace falta plan. No hace falta suscripción.

El número que te sale puede que sea el biomarcador más útil que vas a medirte este año. Si baja con respecto al año pasado, tienes una conversación pendiente con tu cuerpo. Si sube, estás haciendo algo bien aunque no sepas exactamente qué.

La intervención para que suba no es secreto. Es esto: entrenamiento de fuerza dos veces por semana, proteína suficiente, no perder peso a lo loco sin acompañarlo. Lo aburrido de siempre. Lo que tu abuelo ya hacía sin darle nombre.

Mi abuelo dejó de abrir tarros a los ochenta y dos. Murió a los ochenta y nueve. Entre tarro y muerte pasaron siete años en los que cada vez podía menos cosas, no porque le doliera, sino porque le faltaba apretar.

Si pudiera volver, le habría comprado el dinamómetro a los sesenta. No para alargarle la vida. Para que él hubiera sabido a tiempo qué estaba perdiendo, y para que hubiéramos podido frenarlo en vez de mirarle abrir su último tarro.

Tus hijos, en algún momento, van a abrir tu tarro de aceitunas. Tú decides cuándo.

P.D. Lo que pierdes despacio se pierde sin avisar. Mídelo aunque nadie te pida que lo midas.

P.D. 2. Veinte euros, una vez al año. El biomarcador más infravalorado del adulto medio.

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