← Volver al inicio

modelos-mentales

Qué darle a tu hijo cuando todo el mundo sabe mejor que tú

Atribución no verificada

El verano pasado mi hermana me pasó un libro de educación emocional infantil con setenta y dos pegatinas, un código QR a la app del autor y un prólogo de una influencer.

Lo abrí. Lo cerré. Lo dejé encima del piano. No lo he vuelto a abrir.

Ese mismo mes, un domingo, mi padre se sentó con mi hijo y le enseñó a hacer un nudo de rizo. Tardó veinte minutos. El nudo lleva con nosotros, en distintas formas, desde el neolítico.

Hoy mi hijo no recuerda nada del libro. El nudo lo sabe hacer.

Ahí dentro hay un modelo mental que llevo años usando y se llama efecto Lindy.

Taleb lo formaliza en Antifragile (2012). La idea base venía de Mandelbrot y del delicatessen Lindy’s de Broadway, donde la observaban con cómicos: los que llevaban más años en cartel eran los que más años iban a durar. Taleb la afiló: para las cosas no perecederas —ideas, técnicas, hábitos, libros, oficios— cada año adicional que llevan vivas alarga su esperanza de vida.

Un libro que lleva cuarenta años en imprenta, lo razonable es que esté otros cuarenta. Uno que lleva tres meses en la lista de novedades, lo razonable es que lo nuevo dure tres meses.

Para las cosas perecederas funciona al revés: cada día que pasa es un día menos. Pero las ideas no se gastan: se filtran.

¿Por qué te lo cuento en una pieza sobre paternidad?

Porque la mayoría de padres que conozco no están perdidos por falta de información. Están aplastados por exceso de información de poca edad.

Tu suegra te dice una cosa. La psicóloga del cole otra. El podcast la contraria. La maestra una tercera. Tu cuñada, la última que ha visto en Instagram. Y la siguiente semana, todo cambia.

Lindy es una vacuna razonable contra ese ruido.

La regla práctica es boba y útil: cuando tengas que elegir qué transmitir a tu hijo, dale prioridad a lo que lleve más tiempo demostrando que sirve.

No es conservadurismo. Es una apuesta probabilística.

Cocinar con tus manos lleva treinta mil años funcionando. Ya. Comer juntos. Ya. Leerle un libro en voz alta. Ya. Disculparse cuando te has equivocado. Ya. Saber aburrirse sin pantalla. Ya.

Eso es Lindy. Y son cinco ejemplos, no un catálogo. Haz tu propia lista. El criterio no es la lista: el criterio es preguntarte, delante de cada cosa que vas a transmitir, cuánto tiempo lleva en pie.

Por contraste: la última tendencia parental con nombre en inglés, el método del consultor del momento, la app gamificada que les enseña gratitud, el sistema de tres pasos del coach con fondo blanco. Eso no es Lindy. Puede funcionar. Puede no funcionar. Aún no sabemos. Si dentro de treinta años seguimos hablando de ello, hablamos.

Mientras tanto: rebaja la confianza en lo nuevo y sube la confianza en lo viejo.

Esto no significa “haz como hicieron tus padres”. Tus padres también incorporaron novedades de su tiempo que se han caído por su propio peso. La crítica vale para todo, incluso para lo Lindy. Lo que pasa es que lo Lindy ya pasó esa crítica muchas veces, y aquí sigue.

Una prueba esta semana: coge una decisión parental concreta que tengas en la cabeza. Pregúntate: lo que estoy a punto de hacer, ¿lleva treinta años funcionando o lleva treinta meses sonando bien?

Si lleva treinta meses, dale el beneficio de la duda. Pero ponlo a la cola.

Lo viejo ya hizo el trabajo de demostrarse. Lo nuevo todavía no.

P.D. Nudo de rizo. Cinco mil años. Tu hijo lo va a usar más veces que las técnicas de respiración 4-7-8 que aprendiste en aquel curso. Acéptalo y compra cuerda.

Sigue por aquí