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El premortem: imagina que ya salió mal y dime por qué

Cita verificada

Llevábamos tres meses dándole vueltas a cambiar al niño de colegio.

Habíamos hecho lo que hace todo el mundo. Pros y contras en una libreta. Una columna a la izquierda, otra a la derecha. Hojeado opiniones en grupos de Telegram. Visitado los dos colegios. Cenas largas mirándonos sin decirnos lo que pensábamos.

Y nada.

Una noche, una amiga psicóloga nos hizo una sola pregunta. Una.

“Imaginad que ya lo habéis cambiado. Ha pasado un año. Y ha salido fatal. ¿Por qué fue?”

Pasamos hora y media contando, uno tras otro, los motivos por los que había salido mal.

Salieron motivos que no habían aparecido en tres meses de pros y contras. Algunos eran ridículos, pero otros eran reales. Tres de ellos los pudimos prevenir antes de tomar la decisión.

Eso es un premortem, que es como llaman al método que el psicólogo cognitivo Gary Klein formalizó en 2007 en un artículo de tres páginas en la Harvard Business Review.

La frase exacta de Klein es: “Imagina que estamos un año en el futuro. Implementamos el plan tal como existe ahora. El resultado fue un desastre.”

El cerebro humano se enciende distinto cuando el resultado ya es un hecho que cuando el resultado es una posibilidad.

Cuando piensas “¿qué podría salir mal?”, tu cerebro busca riesgos abstractos. Y como nadie quiere ser el aguafiestas, las objeciones se redondean.

Cuando piensas “ya salió mal, dime por qué”, tu cerebro entra en modo explicación. Y la explicación se construye con hechos concretos: actores, secuencias, errores.

Hay incluso un dato detrás. Mitchell, Russo y Pennington publicaron en 1989 que la hindsight prospectiva (imaginar un evento ya ocurrido en vez de imaginarlo posible) sube en torno a un 30% la capacidad de identificar correctamente los motivos de un resultado futuro.

No tienes que creerme. Lo puedes probar esta semana.

Coge una decisión que llevas atascada. Una que ya tienes en la cabeza con sus pros y sus contras.

Cambiar de trabajo. Mudarte. Apuntar al niño a esa academia. Empezar la conversación que llevas postergando con tu pareja. Comprar el coche. Lo que sea.

Siéntate veinte minutos con un folio en blanco.

Escribe arriba: “Ha pasado un año. Tomé esta decisión. Salió fatal. ¿Por qué?”

Y deja que tu cabeza vomite.

No filtres. No racionalices. No te censures con “eso no va a pasar”. Si lo estás imaginando, es porque tu cabeza ya cree que es plausible. Anótalo.

Lo que salga de ese folio te dirá tres cosas: qué riesgos puedes evitar de antemano, qué señales tienes que vigilar y cuál de tus tres preocupaciones era humo.

A nosotros nos sirvió. No siempre va a servir. Pero veinte minutos es poco precio por evitar una decisión inevitable que se podía haber inmunizado a tiempo.

Una cosa más: no hagas el premortem con quien te está vendiendo la decisión. Hazlo solo. O con alguien que no tenga piel en el juego.

Si no, la honestidad se diluye antes de empezar.

P.D. El día que tomamos la decisión real, ya no había nervios. No porque estuviera todo claro, sino porque ya habíamos vivido mentalmente la peor versión de la historia. Lo demás era ejecución.

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