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Cuanto más uso IA, menos pienso. Y hay un paper que lo mide

Dato

Un martes cualquiera de marzo. Acabo el día y mientras me lavo los dientes me doy cuenta de que en las últimas seis horas he tomado tres decisiones de trabajo medio importantes apoyado en una IA. No le pregunté como herramienta de consulta. Le pregunté como si fuera el colega del despacho de al lado.

Y aquí viene lo incómodo: no recuerdo el porqué de ninguna de las tres decisiones. Recuerdo que las tomé. No recuerdo por qué las elegí. El razonamiento existió, pero fuera de mi cabeza. Yo solo recogí el resultado.

Es lo que en la literatura se llama cognitive offloading. Y hay un estudio reciente que conviene tener cerca.

El paper

Michael Gerlich publicó en enero de 2025, en la revista Societies, un trabajo con 666 participantes de distintas edades y niveles educativos. Cruzó dos variables: frecuencia de uso de herramientas de IA y puntuación en una batería estándar de pensamiento crítico.

El hallazgo central: correlación negativa significativa entre uso de IA y pensamiento crítico, mediada por offloading cognitivo. Traducción: no es que la IA te haga tonto. Es que delegar le hace tonto al músculo. Como cualquier otro.

Dos detalles del paper que merecen subrayado:

  • La correlación era más fuerte en los participantes jóvenes.
  • Mayor nivel educativo se asociaba con mejor pensamiento crítico independientemente del uso de IA. Es decir: el sustrato previo importa. El que ya pensaba bien, sigue pensando bien aunque use IA. El que no, peor.

Como siempre, una correlación no es una causa. Y Gerlich no concluye que la IA sea mala. Concluye que el cómo importa más que el cuánto.

Lo que el paper deja claro y lo que no

Lo que sí: si delegas pensar, dejas de pensar. Esto no es novedad neurológica. Es lo mismo que llevar el GPS encendido para ir a un sitio al que ya sabes ir. Te acaba dirigiendo a sitios a los que sabías llegar solo.

Lo que no: nadie te dice todavía dónde está la línea entre apoyo cognitivo legítimo y atrofia. Está abierto. Sospecho que cada persona tiene la suya, y que solo se descubre al cruzarla.

La prueba doméstica que yo aplico

Sin paper. Tres preguntas al final del día:

  • ¿Recuerdo el porqué de las decisiones que tomé hoy, o solo el qué?
  • ¿Si me preguntaran mañana, podría defender alguna de ellas a alguien escéptico?
  • ¿Hubo algún momento del día en el que pensé yo, sin pantalla delante, durante más de diez minutos seguidos?

Si las tres respuestas son flojas, he delegado demasiado. No me hace falta Gerlich para saberlo. Me hace falta Gerlich para que la frase no suene a frase de gurú.

La distinción que evita el catastrofismo

No es la IA. Es el patrón.

Hay tareas que delegar nunca debió ser problema: la sintaxis exacta de un comando, una traducción literal, un resumen factual. Ahí no se construye nada, solo se ejecuta. Delegar es eficiencia limpia.

Hay otras tareas en las que el coste del proceso es el aprendizaje. Estructurar un argumento. Decidir qué decir a alguien con quien tienes una conversación pendiente. Resolver si lo que sientes es enfado o miedo. Si delegas estas, no ahorras tiempo. Ahorras la formación misma.

Aprender a distinguir ambas categorías es la habilidad que más vale ahora. Más que prompt. Más que herramienta.

La pregunta práctica

Mañana, cuando te sientes delante de tu IA, una sola pregunta antes de teclear:

¿Esto que voy a pedir, lo necesito resuelto o lo necesito pensado?

Si la respuesta es lo segundo, ciérrala. Y haz el ejercicio incómodo de pensar tú.

No es nostalgia. Es supervivencia del músculo.


P.D. El propio Gerlich lo deja escrito en el abstract: “the impact depends on how they are used”. Lo que pasa es que “depende” no vende libros ni titulares. Tampoco artículos de marca personal. Y aquí estamos.

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