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finanzas

La frugalidad extrema también es vanidad

Argumento con contraargumento

Conozco a alguien que presume de cortar el papel higiénico por la mitad.

Lo cuenta como si fuera un acto filosófico. Lo cuenta a la primera. Lo cuenta a la tercera cerveza. Lo cuenta cuando nadie ha preguntado. Cada vez que sale el tema dinero, vuelve el papel higiénico.

Lo escuchas y al principio piensas que está siendo coherente. Luego te das cuenta de que es exactamente la misma postura que el que enseña el Rolex. Solo que con el signo cambiado.

El que enseña el Rolex te quiere mostrar que ha ganado. El que enseña el papel higiénico cortado te quiere mostrar que él no necesita ganar. Pero los dos quieren mostrar. Los dos están vendiendo una imagen. La diferencia es solo qué bando de la grada eligen para que les aplauda.

Esto, en los círculos de finanzas personales, no se nombra suficiente.

El movimiento de la sobriedad financiera es una corrección sana de la cultura del lujo. Está bien que exista. Frente al señuelo del consumo viene gente con la cabeza fría que dice mira, no necesitas tanto, calcula, ahorra, indexa. Bien. Eso ha salvado muchas economías domésticas y desactivado mucho fuego de marketing. Punto a favor.

Pero hay un punto en el que la frugalidad deja de ser un cálculo y se convierte en una identidad. Y cuando una conducta se convierte en identidad, deja de ser práctica y empieza a ser teatro. El lonchafinismo militante, el que se mide con los demás en quién recorta más, en quién sufre más calculando, en quién renuncia a más cosas razonables por el deporte de renunciar, ese ya no es financiero. Es estatus.

Como mecanismo es el mismo del consumismo. El consumista presume de tener. El lonchafinista presume de no tener. Los dos están midiéndose contra otros. Los dos necesitan el espejo. Los dos te cuentan voluntariamente lo que les ha costado para que tú anotes el dato.

La sobriedad de verdad no tiene espectador.

Marco Aurelio escribía esto hace dos mil años en sus cuadernos. No para publicarlos. Y cuando un estoico de verdad come austero y se viste sencillo, no es para que tú lo veas. Es porque ha entendido que la cosa no añade. Quitar la cosa tampoco era el objetivo. El objetivo era no necesitarla. Distinto.

La diferencia operativa entre frugalidad sobria y frugalidad performativa es esta. Si te preguntas, antes de tomar una decisión de gasto, qué cuenta cómo en tu vida, eso es sobriedad. Si te preguntas qué dirá la persona que te ve gastar, eso es vanidad. Da igual hacia dónde apunte la balanza.

El test es incómodo. Si tomas un café fuera porque te apetece y no se lo cuentas a nadie, es café. Si dejas de tomar café fuera por principios y se lo cuentas a todo el mundo, es predicación. Si presumes de no tener coche, mírate el espejo. Estás haciendo exactamente lo mismo que el que presume de tenerlo, pero con peor mileage emocional.

A mi conocido del papel higiénico, lo único que se le puede decir, con cariño, es esto. Si lo cortas porque te ahorra y no necesitas que se sepa, eres estoico. Si lo cortas para contarlo, sigues comprando lo mismo que el del Rolex. Pago en otra moneda, pero pagas.

P.D. La sobriedad de verdad es invisible. Cuando se nota, ya no es sobriedad. Es uniforme.

Contraargumento

Defender la frugalidad extrema tiene una base real: el lifestyle creep es brutal, la presión social al consumo es brutal, y un comportamiento extremo en la dirección opuesta puede ser una vacuna razonable. Para alguien que viene del despilfarro, exagerar al principio puede ser pedagógico. El argumento aquí no es contra ahorrar mucho, es contra usar el ahorro como medalla.

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