A los 35 mi abuelo plantó un olivo en el patio del pueblo.
Mi padre me contó esto un sábado de podar. El abuelo sabía que el olivo, en aquel suelo seco de Aragón, no daría aceitunas serias hasta los 15 o 20 años. Es decir: él tendría 50 o 55 antes de ver una cosecha decente. Y, conociendo lo que conocía de los olivos del pueblo, la cosecha buena buena llega hacia los 40 años del árbol.
A los 75. Tirando alto.
Mi abuelo plantó el olivo. Y luego se murió a los 68. Las primeras aceitunas serias las recogí yo a los 12, ayudando a mi tío. El abuelo no probó una sola.
Atención.
Hay un verso en el Bhagavad Gita, escrito en sánscrito hacia el siglo II antes de Cristo, que es, hasta donde yo entiendo, la formulación más limpia de algo que el estoicismo griego dirá quinientos años después con menos elegancia.
“Karmaṇy evādhikāras te mā phaleṣu kadācana.” — Bhagavad Gita, II §47
Traducido sin floritura: tienes derecho a la acción. Nunca a sus frutos.
El verso continúa, en la misma estrofa: no seas la causa de los frutos de la acción ni te apegues a la inacción. Cuatro instrucciones en dos líneas. Es lo que en la tradición india llaman karma yoga — la disciplina de la acción.
Lo que me importa hoy es la primera. Adhikāra — derecho, autoridad, jurisdicción — tienes sobre lo que haces. Phala — fruto, resultado, consecuencia — no es tuyo.
Esto no es resignación oriental. Es lo contrario.
La cultura del high agency contemporánea te enseña a obsesionarte exactamente con la parte del fenómeno que no controlas. Mide el resultado. Optimiza el fruto. Sé dueño del fruto.
Pero el fruto depende del suelo, del clima, del año, del azar, de personas que aún no han nacido, de mercados que aún no existen. Pretender ser dueño del fruto es pretender ser dueño del clima.
Lo que sí es tuyo es la acción. Plantar el olivo. Regarlo. Podarlo. Mantener vivo el árbol 15 años sin haber visto una aceituna.
El verso se da la mano con la dicotomía del control de Epicteto y con el vindica te tibi de Séneca: las tres traducen, desde tres tradiciones, la misma observación. El sufrimiento aparece cuando confundes columnas.
Lo aplico al caso concreto del padre adulto.
Tu hijo es, en términos del Gita, un fruto. No tuyo. Lo planta una mezcla de tu cuerpo, el de tu pareja, dos millones de años de evolución, una cultura, un colegio, sus amigos, la suerte y su propio cerebro empujando hacia donde le da la gana.
Tienes derecho a la acción. Adhikāra. Es decir: a estar. A cenar con él. A escucharle el viernes cuando vuelve con esa cara. A no perder los nervios cuando los pierde él. A poner el límite cuando toca.
No tienes derecho al fruto. A que sea ingeniero. A que se case con alguien que te caiga bien. A que vote lo que tú votes. A que sea feliz. A que se acuerde de ti como tú quieres. El fruto, dice Krishna en el verso siguiente, ma karma-phala-hetur bhūr — no seas tú la causa del fruto. No te lo apropies.
Plantar un olivo a los 35 sabiendo que nunca comerás de él es lo más parecido a la cordura paterna que conozco.
Mi abuelo lo entendió sin haber leído el Gita.
P.D. Si vas a leer una traducción al castellano, la de Juan Mascaró en Debate / Penguin es de las más limpias. Para el sánscrito al lado, la edición bilingüe de Mukundananda está libre online. No hace falta creer en nada de su cosmología para que el 2.47 te cambie media vida.