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El locus de control (parte II): por qué tener demasiado es peor

Observación propia

Parte II de dos. La parte I iba de qué es el locus de control y por qué llevarlo al interno suele ser buena idea. Esta va de cuándo deja de serlo.

Quedaba pendiente una promesa de la parte I: existe una zona donde mover el locus de control hacia adentro deja de ayudarte y empieza a hacerte daño.

Voy a por ella.

La intuición habitual dice que el locus interno es un dial. Lo subes, mejor te va. Lo bajas, peor. Como el termostato de la calefacción en febrero.

La intuición habitual está mal.

En 2006, un meta-análisis de Ng, Sorensen y Eby en el Journal of Organizational Behavior cruzó 222 estudios sobre locus de control y resultados laborales. Lo predecible salió: locus interno se correlaciona con mejor desempeño, mejor satisfacción, mejor salud.

Hay otra parte, más callada, que el meta-análisis de Ng no formula así pero que aparece de forma consistente en la literatura posterior sobre locus específico-de-dominio y sobre over-control: cuando el locus interno se acompaña de creencia de control sobre dominios que no son controlables, se asocia con ansiedad clínica, autoculpabilización crónica y burnout.

No “estrés del bueno”. Burnout. El que te deja en la cama un martes a las once de la mañana sin saber por qué.

Te lo traduzco a salón de casa.

Imagina dos padres. Los dos tienen locus interno fuerte. El primero piensa: “Si mi hijo come fatal, es que algo estoy haciendo mal yo en la mesa.” Mira lo que pone, cambia el menú, prueba cosas, observa, ajusta. El locus interno aquí es palanca: produce acción y, con el tiempo, produce mejora.

El segundo piensa: “Si a mi hijo le diagnostican autismo, es que algo hice yo mal en el embarazo o en los dos primeros años.” Mismo locus interno. Aplicado a un dominio donde no había control.

El primero progresa. El segundo se rompe.

La diferencia no es la cantidad de agencia. Es el dominio donde la aplican.

Hay áreas donde el locus interno es liberador: qué cocinas hoy, cómo respondes cuando te gritan, qué hábito empiezas el lunes, con quién pasas la tarde, qué responsabilidades aceptas, qué proyecto abres. Aquí el dial al interno y a correr.

Hay áreas donde el locus interno es destructivo: la enfermedad de tu padre, el cierre de tu sector, el aborto espontáneo de tu pareja, la depresión que tu hijo arrastra desde los doce, la guerra que estalla en el país de tu suegra, el cáncer que aparece a los cuarenta y dos. Aquí el dial al interno te tritura.

La agencia bien entendida no consiste en maximizar el locus. Consiste en saber por dominio.

Y esto, que parece obvio escrito así, en la vida real es un arte. Porque las zonas grises son muchas. ¿Es la salud mental de mi pareja dominio interno o externo mío? ¿Es el rendimiento escolar de mi hijo dominio interno o externo mío? ¿Es la crisis de mi empresa, que empezó tres años antes de yo llegar, dominio interno o externo mío?

No tengo respuesta única. Creo que la pregunta seria es ésa, no la del cartel motivacional.

Quien te vende “todo depende de ti” te está vendiendo un calibrado roto. Funciona en el escenario donde funciona. En el resto, te deja sentado en el suelo del salón pensando que el cáncer de tu padre lo provocaste tú por no llamar más los domingos.

La parte que la divulgación habitual te ahorra es ésta: la agencia madura empieza el día que aprendes a distinguir tus dominios. No el día que decides controlarlo todo.

La agencia no es controlar más. Es saber qué no controlas.

P.D. La parte I sin la parte II es coachspeak. La parte II sin la parte I es resignación. Las dos juntas, con suerte, son criterio.

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