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paternidad

Jardinero o carpintero

Observación propia

Mi hijo intenta untar él la tostada. Le he puesto la mantequilla y el cuchillo delante porque toca, porque tiene cinco años y ya puede.

Tarda. Pringa. Pone medio kilo de un lado, nada del otro. La mantequilla se le va al codo. Una miga aterriza en el suelo y el perro la mira con esperanza.

Yo voy de jardinero por la vida. Me lo creo, incluso.

Hasta que llegamos a la comida.

En la comida soy carpintero. Lo confieso sin atenuante.

No es ideológico. Es cansancio. Es que llevo siete minutos mirando una tostada que él podría tener hecha en treinta segundos si yo solo se la diera ya. Es que después hay que limpiar, y limpiar lo que él pringa cuesta más que pringar la tostada por él.

Así que le quito el cuchillo. Se la unto. Se la doy.

Y mi hijo aprende, en silencio, que la comida no es cosa suya.

Alison Gopnik lleva treinta años mirando cómo aprenden los niños. En 2016 escribió El jardinero y el carpintero y dejó la idea por escrito: hay dos formas de querer a un hijo. El carpintero tiene un plano y golpea hasta que la madera obedece. El jardinero cuida el suelo, riega, mira la luz, y se aparta.

Las dos quieren al hijo. La diferencia no es cariño. Es relación con el control.

Hay dos formas de ser carpintero, y eso Gopnik no lo dice:

El carpintero por ignorancia cree que está dando cariño cuando está dando control. Monta el Lego del hijo, le ata los cordones a los siete años porque va más rápido, le elige la actividad del jueves porque no se le ocurriría a él. No se entera. La carpintería es invisible al carpintero.

El carpintero por cansancio se entera perfectamente. Sabe qué está haciendo. Lo justifica. Es que él tarda mucho. Es que hoy llegamos tarde. Es que mañana lo dejo intentar. Cada justificación es una tabla del mueble.

La primera es más limpia. La segunda es más mía.

Lo difícil de ser jardinero no es saberlo. Es aguantar.

Aguantar los siete minutos de la tostada. Aguantar el codo embadurnado. Aguantar la miga en el suelo y el perro que decide. Aguantar, sobre todo, mi propia prisa que no es suya.

Hay otras tostadas. El lunes pasado, sin ir más lejos, el dilema no estaba en la mantequilla — estaba en un calcetín naranja y otro rosa que mi hijo había emparejado a las siete y media de la mañana. Mi mujer y yo nos miramos por encima del café. Misma conversación, otra mañana. La mano que duda sobre el cuchillo es la misma que dudó sobre el calcetín.

Lunes siguiente. Mismo desayuno. Pongo el cuchillo y la mantequilla, me siento, miro mi café, no miro la tostada.

Tarda. Pringa. La mantequilla cae al mantel.

Limpiamos juntos.

P.D. Ser jardinero no es saber qué se hace. Es aguantar la prisa que tienes encima.

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