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Los falsos héroes de la agencia: Steve Jobs y el cáncer

Argumento con contraargumento

Octubre de 2003. Steve Jobs entra en una resonancia rutinaria por un cálculo renal y los médicos le encuentran otra cosa.

Un tumor en el páncreas.

Un tumor de los buenos, dentro de lo malo. Adenocarcinoma de células de los islotes pancreáticos, no el adenocarcinoma ductal habitual del páncreas, que mata casi siempre. El suyo era operable. Crece despacio. Con cirugía y a tiempo, la probabilidad de vivir muchos años más era alta.

Los médicos le dijeron: hay que operar.

Jobs dijo: no.

Lo cuenta Walter Isaacson en la biografía oficial (Steve Jobs, 2011) con el visto bueno del propio Jobs. Nueve meses. Nueve meses en los que Jobs intentó tratar el cáncer con dieta vegana estricta, zumos de zanahoria, acupuntura, suplementos herbales y un vidente espiritualista.

Cuando por fin se operó, en julio de 2004, el tumor había hecho metástasis al hígado.

A partir de ahí ya solo fue cuestión de cuánto tiempo. Murió en 2011.

El propio Jobs, según Isaacson, llegó a decirle más tarde: “Espero no haberlo evitado por estupidez”. Es una de las pocas veces en las que el personaje se rompe.

Yo no escribo esto para celebrar la caída de nadie. Murió de la peor manera, despacio, sabiéndolo. Y lo de los nueve meses lo cuento porque Isaacson lo cuenta, no porque tenga acceso a algo privado.

Lo escribo porque la cultura tech vendió esos nueve meses como anécdota colorida del personaje terco que se salía del molde. Y no es eso. Es otra cosa.

Es el caso más claro que conozco de alta agencia mal calibrada matando a su dueño.

El locus de control interno — la creencia de que la causa de lo que te pasa está dentro de ti y no fuera — es uno de los predictores con respaldo empírico consistente del bienestar a largo plazo (Rotter, 1966; meta-análisis de Ng et al., 2006). Quien lo tiene alto, en general, vive mejor, gana más, se cuida más. Hasta cierto punto.

A partir de cierto punto, el locus interno deja de proteger y empieza a matar.

Mata cuando convierte al oncólogo en “uno más de los que no me entienden”.

Mata cuando confundes tu capacidad para diseñar un teléfono con tu capacidad para diagnosticarte un páncreas.

La diferencia entre tozudez y criterio no está en cuánto te resistes. Está en qué te hace cambiar de opinión. El que tiene criterio cambia cuando aparece evidencia nueva creíble. El tozudo no cambia nunca. Para el tozudo, la evidencia nueva es otro ataque del exterior contra su versión del mundo.

Jobs construyó productos cambiando el mundo a base de no aceptar el “esto no se puede”. Y aquí toca decir lo otro, porque si no, la pieza es bashing barato. El mismo rasgo que le mató tarde construyó lo que construyó. Los años en el desierto post-Apple, NeXT como apuesta solitaria contra el mercado, la vuelta a una Apple que ya estaba dada por muerta, los despidos brutales del 97, jornadas imposibles, salud sacrificada por producto. Sin ese locus interno extremo, el iPhone no existe. Con ese mismo locus interno extremo, Jobs murió antes de tiempo. La herramienta no cambió. Cambió el dominio donde se aplicaba.

Hay una diferencia entre escribir tu historia y dejar de escuchar a los demás personajes.

P.D. El locus de control interno es una herramienta. Como toda herramienta, tiene un dominio donde funciona y un dominio donde rompe lo que toca. Saber cuál es cuál no se aprende leyendo a Mack. Se aprende — y a veces no se aprende a tiempo.

Contraargumento

Jobs hizo cosas extraordinarias precisamente porque su locus de control interno era extremo. Pedirle calibración es pedirle que no fuera él. Quizá ese mismo rasgo que le mató tarde fue el que le hizo construir lo que construyó. No se separan tan limpio.

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