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paternidad

Cómo cultivar agencia en tus hijos sin convertirlos en mini-CEOs

Observación propia

Hay un fenómeno nuevo que está dando bastante asco, si te lo digo en voz alta.

El padre que entrena a su hijo como si fuera un proyecto de startup.

Le lleva a clases de inteligencia emocional. Le pone a leer biografías de fundadores. Le hace un “weekly review” los domingos por la tarde. Le compra el libro de Tim Ferriss para preadolescentes. Le habla de “tomar la iniciativa”, de “no tener miedo al fracaso”, de “construir su marca personal”.

A los nueve años.

Si me preguntas a mí — y nadie me ha preguntado, pero te lo digo — eso no produce niños con agencia. Produce niños con ansiedad y vocabulario empresarial.

Porque la agencia no se enseña diciéndola. Y aquí es donde la mayoría nos confundimos.

La agencia se cultiva en momentos invisibles. En cosas tan pequeñas que el manual de paternidad no las menciona. Y, sospecho, esas cosas pequeñas son las que el padre con buena intención está cargándose sin saberlo.

Te cuento las que más he visto en mí mismo.

Uno. Tu hijo se aburre un sábado por la mañana. Tiene tres opciones: pantalla, plan tuyo, o aguantarse el aburrimiento hasta que su cabeza invente algo. Las dos primeras son las fáciles. La tercera es agencia en estado puro. Y la tercera es la que cancelamos a los diez minutos porque no soportamos verle deambulando. La pantalla y el plan organizado le rescatan del aburrimiento. El aburrimiento, si lo aguantas con él, le rescata de necesitarte para llenar su vida.

Dos. Tu hijo se cae. No es grave. Le miras desde lejos. Él te mira. Y aquí pasan dos cosas posibles. Si vas corriendo, le enseñas que caerse es emergencia. Si esperas dos segundos, le das tiempo a evaluar si lo es. La mitad de las veces se levanta y sigue. La otra mitad llora. Pero la información de cuál es cuál, la coge él.

Tres. Tu hijo te pide algo. Lo que sea. Un yogur, salir al parque, que le compres un cromo. Y tú, agotado, dices que sí. O dices que no sin más. La opción difícil es la del medio: que negocie. Que te diga por qué. Que te ofrezca algo a cambio. Que aprenda que pedir no es decir una palabra mágica que activa al adulto. Es una conversación en la que él también tiene que aportar.

Cuatro. Tu hijo falla. Suspende un examen, pierde un partido, se le queda mal el dibujo. Y aquí está la trampa más fina, porque la has visto en todos los libros de “crianza positiva”: minimizar. “No pasa nada, lo importante es que lo has intentado.” Pero pasa. Algo pasa. Sí ha fallado. Y si tú minimizas, le enseñas que el fallo es algo que hay que tapar con palabras blandas. Si te quedas en silencio con él, sin rescate, le enseñas que el fallo se aguanta, se mira, y se sigue.

Hay una palabra para todo esto que me cuesta decir sin parecer un coach de los que critico. La voy a decir igual y luego me río de mí.

Acompañar.

(Ya está, lo he dicho.)

Lo difícil de acompañar no es saberlo hacer. Es no hacer la otra cosa. Es resistir.

Resistir las ganas de rescatar. De arreglar. De pasar el bache por él. De ahorrarle el aburrimiento, el golpe, la negociación, el fallo. Cada vez que le ahorras una de esas, le estás enseñando que necesita que se las ahorren. Y un día que tú no estés, tu hijo va a tener cuarenta años y va a seguir esperando que alguien le rescate del aburrimiento, del golpe, de la negociación y del fallo.

Es martes por la tarde. Tu hijo está aburrido encima del sofá.

No le rescates.

P.D. Cuando le rescatas, le enseñas que necesita rescate. Cuando le acompañas, le enseñas que se basta.

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