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salud

La rumiación como alarma de incendios

Observación propia

Son las tres y veinte de la mañana.

Llevas hora y media dándole vueltas a la misma conversación con tu jefe. La conversación fue ayer por la tarde, duró cuatro minutos, y desde entonces tu cabeza la ha reproducido — calculo por lo bajo — unas ochenta veces.

No estás pensando más. Estás pensando lo mismo, más veces.

Eso tiene nombre técnico. Se llama rumiación.

La psicóloga Susan Nolen-Hoeksema, de Yale, dedicó treinta años de su carrera a estudiarla. Su definición operativa, publicada en Journal of Abnormal Psychology en 1991, es esta: la rumiación es el patrón de pensar repetidamente sobre los síntomas, causas y consecuencias de un estado emocional negativo, sin avanzar hacia su resolución.

La clave está en las cuatro últimas palabras. Sin avanzar hacia su resolución.

Si estuvieras avanzando, sería reflexión. Si no avanzas, es bucle.

Y la trampa del bucle es que se siente como pensar. Se siente como hacer algo útil. Tu cabeza está concentradísima, tú estás resolviendo el problema, tú estás gestionando. Por eso es tan adictivo. Por eso lo eliges aunque te esté quemando.

Antes de seguir, un matiz importante.

Esto que cuento aquí va de rumiación operativa: el bucle cotidiano del adulto sano que duerme mal porque la cabeza le insiste con la misma reunión, el mismo email, la misma factura. Si lo tuyo es depresión clínica, esto no te lo arregla un párrafo de una newsletter. Lo tuyo es ir a tu médico y a un profesional de salud mental. La rumiación es uno de los predictores más estudiados del episodio depresivo mayor (Nolen-Hoeksema et al., 2008, Perspectives on Psychological Science) precisamente porque la frontera no siempre está clara desde dentro.

Dicho eso. Sigo.

La salida del bucle no es pensar mejor. Es esto que probablemente te cueste creer: la salida del bucle es acción pequeña. Cualquiera. Casi da igual cuál, mientras sea concreta, observable y se haga ahora.

Una acción interrumpe el bucle porque el bucle es un proceso cognitivo y la acción es un proceso motor. Cambias el sistema operativo que tienes corriendo. La cabeza no te deja pensar mejor porque está atascada; la cabeza se desatasca cuando le quitas la atención de encima.

Ejemplo concreto. Lo que hago yo.

Cuando me pillo a las tres y veinte de la mañana con un bucle, ya no intento pensar para salir. He probado. No funciona. Lo que funciona es esto: me levanto, voy a la cocina, abro la libreta que dejé preparada en el cajón, y escribo dos cosas en una página.

Una: el bucle de qué va, en una frase. Estoy rumiando sobre la conversación con X.

Dos: una acción pequeña, mañana antes de las once, sobre eso. Mañana le mando un mensaje a X reformulando lo que quise decir.

Cierro la libreta. Me vuelvo a la cama.

No se me pasa siempre. Se me pasa la mayoría de las veces. La diferencia con quedarme en el bucle es enorme.

Lo que está pasando, técnicamente, es que estoy tratando la rumiación como lo que es: una alarma de incendios. La alarma te avisa de que hay algo. No te apaga el fuego. Si te quedas escuchando la alarma, te vuelves loco. Si vas al fuego — aunque solo sea a echar un vaso de agua — la alarma se calla porque ya ha hecho su trabajo.

Tu cabeza no es tu enemiga a las tres de la mañana. Es una alarma que se ha quedado pegada. La forma de soltarla es dándole la señal de que has escuchado: una frase escrita, una acción asignada, mañana, concreta.

Pequeña.

Las grandes no funcionan. Esas las usa el bucle para seguir rumiando.

P.D. El pensamiento sin acción es jaula. La acción sin pensamiento es accidente.

P.D. 2. Nolen-Hoeksema murió en 2013, a los 53, después de treinta años investigando rumiación. Lo que dejó publicado se condensa así: lleva el bucle a la libreta antes de que el bucle te lleve a ti.

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