Imagina que estás en una celda en un país que no conoces.
No sabes el idioma. No tienes pasaporte. La policía te ha cogido por algo que no terminas de entender. Te dan una llamada. Una sola. Tres minutos.
¿A quién marcas?
Espera. No respondas todavía.
La pregunta no es ésa. La pregunta es la siguiente.
Esa persona que has pensado, ¿por qué? ¿Por qué a ella y no a tu padre, a tu jefe, al amigo del instituto que llevabas años sin ver? ¿Qué tiene esa persona que las demás no tienen?
No es dinero ni inteligencia ni contactos — eso ya lo sabes. Y hay amigos de toda la vida que tampoco entran en la lista, lo cual es más raro.
Lo que tiene esa persona es otra cosa. Algo que no tiene nombre técnico pero que tú reconoces cuando lo ves.
Es alguien que, ante un problema cerrado, abre una puerta.
Que no se queda mirando el muro. Que coge el teléfono. Que sabe a quién llamar después de coger el teléfono. Que, si nadie coge, no se rinde. Que, si todos dicen que no, se inventa un sí. Que improvisa, miente si toca, pide favores que aún no ha devuelto, y en cuarenta y ocho horas te tiene fuera o, por lo menos, comiendo caliente.
Esa persona tiene agencia.
Y ahora viene la parte incómoda.
Date la vuelta.
Si fuera otra persona la que estuviese en esa celda, ¿te llamaría a ti?
No me digas que no lo sabes, porque lo sabes (y si dices que no, igual es que no quieres saberlo). Sabes más o menos si estás en la lista de los tres a los que tu hermana llamaría desde una comisaría de Bangkok. Sabes si tu mejor amigo te marcaría a ti o al otro. Sabes si tu propia pareja, en el peor día de su vida, pensaría en ti como solución o como problema añadido.
A veces sales en la lista. A veces no.
Y eso no es un juicio moral sobre si eres buena persona. Hay padres bondadosos a los que sus hijos no llamarían nunca desde una celda, porque saben que el padre se vendría abajo antes que ellos.
La bondad sin agencia consuela. No saca.
Aquí es donde duele.
La pregunta de la cárcel no va de drama. Va de espejo. Te coloca en un sitio donde no puedes escapar con la respuesta diplomática. Te obliga a mirarte como te miran los demás cuando están en problemas de verdad.
¿Eres a quien llaman? ¿O eres a quien protegen para que no se entere?
Yo, en algunos sitios de mi vida, soy lo segundo. Y no me gusta saberlo. Pero sin saberlo no se mueve nada.
Y debajo de la lista hay otra cosa que también sabes y que pesa más: hay una o dos personas a las que llevas tiempo sin aparecer cuando tocaba. No las nombro yo. Las nombras tú al cerrar esta pieza.
Hay quien llama. Hay a quien llaman.
P.D. No hace falta que te metas en líos para entrar en esa lista. Basta con que el día que el otro se meta, tú estés cerca y no apartes la mirada.